En el comienzo del otoño, la resaca augura que yo, un honrado peregrino, mire al norte y goce de nuevas etiquetas que clavarse en su cerebro. En ellas colgarán, o así lo espero, el nombre de esos ilustres que un día llamaré amigos o, quien sabe, si pieles que respirar. No obstante también se agarrarán a las lineas irregulares de mis sesos etiquetas de color rojo anunciando un agujero en mi zurrón, tal vez un punto de partida hacia la desesperanza que un golpe de humor sepa solventar. Lo que es seguro es que esta historia tendrá un principio y un final y será una historia atípica de cuantas se hayan escrito. Por eso yo, el honrado peregrino, se hace cargo de pregonarla cual trovador y sin nada a cambio más que una sonrisa; así, habéis de considerarla una copa de vino digna de un buen trago que jamas se bebió, sino que se leyó.
Atentamente,
El honrado peregrino.
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